Un día sin filtro


“Rebosaba honradez, pero le faltaba el aliento.” (Jules Renard)


Advertencia: este no es un texto muy amable. Pero nadie siempre es amable. Así es.


¿Y si nos atreviéramos a decir todo lo que pasa por nuestra mente, por un día, solo para intentarlo, y soltar todos nuestros filtros? Se vería así o peor. Te habré avisado.


Estoy esperando el autobús. Por mucho tiempo. Y viene con mucho retraso, probablemente atrapado como un ratón en una trampa llena de queso en el corazón de uno de estos atascos monstruosos, rodeado por un ejército beligerante de conos anaranjados poniéndose firme. Hace bueno, de todos modos, y en otras circunstancias, no armaría un drama esperando bajo el sol. Guardaría mis suspiros para mí, pero la maldita humedad acabará conmigo por seguro. ¡NOS ASAMOS! Y sí, uso letras mayúsculas, así que estoy GRITANDO. AULLANDO, incluso. Cierra tus oídos, en el peor caso, si te molesta. Lo sé, lo sé, he vociferado tanto contra el frío del invierno, la nieve y la falta de luz, y debería cerrar mi hocico cuando la temporada de frío se disipa, pero aún tenemos el derecho de enfurruñarnos contra el verano de vez en cuando. No está escrito en ningún folleto de regulaciones que la queja a lo largo del año está prohibida. Y de todos modos, los medios nos presentan esta ola de calor naciente como un verdadero problema de seguridad nacional... A escucharlos, deberíamos hacer un chorro de provisiones adicionales, no salir, bañarse con agua friiiiiia a diario, comprar cincuenta mil abanicos, tirar toda nuestra ropa que no es blanca y de algodón, salpicarse la axilas de talco para bebés, afeitarse el cráneo, afeitar el cráneo de su perro, su gato, su cacatúa... Después de todo, cuarenta grados en Laval en pleno verano y cuarenta grados en Bali durante nuestras vacaciones de invierno bajo el sol, es muy diferente, ¿verdad (muchos carraspeos)?


Cuando hay tanta humedad, sudamos, olemos de las axilas, tenemos el bigote lustrado y chorreando, y no solo estoy hablando de los caballeros. Mira por ejemplo aquella güera oxigenada esperando en la cola justo en frente de mí. Bajo su gruesa capa de base demasiado anaranjada, claramente tiene un bigotito naciente. Igual de suave que él de los adolescentes en su pubertad. Y por si fuera poco, su pelusa se armoniza perfectamente con sus cejas demasiado negras para ir bien con su cabello demasiado rubio platino. ¡Es tan natural, el rubio platino! Por cierto, no tengo nada en contra cuando está bien hecha la coloración, pero a primera vista nos damos cuenta de que su coloración fue probablemente hecha en un cualquier sótano. No se puede que sea una peluquera la que hizo eso, ¡IM-PO-SI-BLE! O si es una, debe ser una peluquera que haya encontrado su diploma de peluquería en el fondo de una caja de Cracker Jack. ¡No! No te vayas a acusarme de practicar el body shaming, solo estoy haciendo una simple constatación. ¿Y de qué se trata esta moda de hacerse enormes cejas dibujadas con lápiz oscuro? ¿Acaso las chicas de hoy sueñan con parecerse a la Verónica de Archie o qué? O a la malvada madrastra de Blancanieves...


El autobús finalmente llega, pero ya es jodidamente tarde. Es que tengo una cita con una amiga en un restaurante un poco más lejos para almorzar. En el autobús, hay un hombre con traje pareciendo ser un poco cohibido, con un look al estilo "muñeca Ken". Ya sabes, con una sonrisa congelada y un bronceado demasiado igual para ser natural. Me le acerco para observarlo, justo al lado de una mujer más bella que cualquier Gigi Hadid de este mundo (no es complicado, si jugaría en el “otro equipo”, ella encarnaría mi fantasía). No soy una bloguera para nada. Me inspira lo que está sucediendo justo cerca de mí. Una pregunta rapidita, dicho sea de paso: ¿Cómo es posible que una categoría de jóvenes tan profesional y próspera desarrolla este maldito hábito de vestirse igual de feo que unos viejos tipos, cuando no están todavía en los albores de la trentena? ¿Cuál es el objetivo, santo señor? ¿El look "hombre de negocios" implica automáticamente laca, un copete demasiado peinado, una sobredosis de perfume, un cuello de camisa demasiado apretado y un palo de escoba en el trasero o qué?


Esto es casi igual de típico que un sexagenario conduciendo un Mazda Miata en un hermoso día de verano, la camisa desabrochada y cantando Despacito de oído. ¿Crees que mi discurso está sucio y que estoy llena de prejuicios? No estás equivocado, pero yo no soy diferente de ti (¡no trates de convencerme de que eres más católico que el Papa, no funcionará! Además ni tan religioso eres...), Y lo que creo en este mismo momento podría ser muy diferente mañana, así que no me preocupo demás. Estamos sin filtro o no lo estamos, es todo o nada. Al menos hoy. Y se siente bien rico hablar mal y mitotear un tantito, admítelo. Ser siempre agradable es un poco utópico.


Llego al café y mi amiga ya está allí. A ella no parece que le importa mi retraso, pero estoy segura de que se dice a sí misma que hoy abusé un poco de su paciencia. La siento irritada. Pero si se atreve a culparme, le diré que simplemente hubiera podido irse si "mi hora actualizada" no le caía bien (sí, soy así de hiriente). Aun así, se quedó, así que tomo un asiento y pido un latte con leche de coco. ¡No! No soy de esas granolas con las axilas peludas y todo el show, solo soy una gran fanática de la leche de coco. Es mi gusto. Y si me estoy justificado, es porque tengo ganas de hablar contigo acerca de eso. Se me antoja decirte que todos los gustos están en la naturaleza, y no me río con tus eternos sándwiches al Paris-Pâté [1] extra mostaza o con tu guiso de albóndigas en lata. Y lo más importante, no te invento un rasgo de personalidad basándome en lo que comes los martes a la hora del almuerzo.


Ordeno una ensalada tailandesa. El camarero me advierte: “Está muy picante”. Sí. ¿Y entonces? Está escrito en el menú y resulta que no soy parte del un tercio de personas analfabetas funcionales viviendo en mi hermosa provincia. Supongamos que le contesto: "¿Qué tan picante?", ¿qué me diría, crees? "¿Picante, picante?" O "más picante que la sriracha, pero menos que la piri piri". O, "en una escala de uno a diez, es claramente un 7.5... No exactamente un ocho, pero claramente más que un siete". Y yo diría: "¿Pero tu 7.5 se basa en una lengua y unas papilas gustativas acostumbradas a la auténtica cocina tailandesa?"... Dios mío… Es como la inscripción "atención, riesgo de quemaduras" en los vasos de café de algunas cadenas. Es un poco considerar a la gente como una bola de idiotas, no te dejes engañar. Sí, lo sé, un estadounidense ya ha demandado una empresa después de derramarse café encima y ganó, no es necesario que me asombres con este hecho, todos lo sabemos. Sin embargo, la sola idea de poder ganar con esa premisa me quita un poco de mi fe en la justicia. Ok. Soy insoportable hoy. Lo siento (no lo siento). En fin... para volver a mi ensalada, la ordeno de todos modos, (que pique o no, me atrevo).


Estamos discutiendo mi amiga y yo. Queremos hablar acerca de un proyecto que tenemos en común. Pero una familia sentada al lado de nuestra mesa nos molesta constantemente. Suspiro suavemente, luego un poco más fuerte, y después, para llamar la atención, igual de fuerte que una anciana que sopla cientos de velas a la vez en un pastel de cumpleaños. No tengo nada en contra de las familias, quiero especificarlo. Y es verdad que no tengo hijos, así que si quieres vomitarme que no sé lo que es ser madre, hazlo. Pero destacaré aquí un hecho universal que debería aplicarse automáticamente: si tu hijo no sabe cómo comportarse en público (léase: no sabe cómo vivir), ¡déjalo en casa! Y no estoy hablando de hiperactividad... Si tu hijo arroja comida, corre como loco en todas partes haciendo slalom gigante entre los camareros o hace crisis a repetición porque no acepta cuando le dices que no, creo que depende de ti, querido padre bondadoso y comprensivo, para que se calme un poco y obedezca. Y si no tienes bastante pelotas para afirmar tu autoridad, no es MI PROBLEMA, estoy comiendo tranquilamente una ensalada tailandesa sentada a una mesa cerquita a ti. No encontré ningún aviso informándome que los niños con mal comportamiento son parte del paquete de mi hora de almuerzo. Después de algunas advertencias, si el niño continúa, debes tomar medios. Y una tableta, de hecho, incluso si ayuda a que el peque se calme, no tiene ninguna razón de ser usada en un restaurante si no viene con auriculares por defecto. No, no deberías imponerme la Pat Patrol sin mi consentimiento, y no tengo que soportar la lluvia de espaguetis de la cual estoy repentinamente rociada. ERES EL PARIENTE, saca a tu hijo de aquí. No estás en el parque, estás en un restaurante. Eso es todo. ¿Quieres llamarme intolerante? No te prives!


Hay días como este. A veces el mero hecho de existir nos irrita, no nos aguantamos a sí mismo y quisiéramos poder gritar sin filtro al mundo entero todo lo que nos pasa por la mente sin cosechar las consecuencias. Pero luego, recordamos la increíble suerte que tenemos al estar tan sanos, con muy pocas molestias comparados con ciertas personas y nuestra libertad de poder circular libremente en cualquier lugar. Silenciamos entonces esta voz interior un poco gangosa que nos susurra este montón de ignominias, ponemos nuestro filtro natural como lo hacemos con una chaqueta y guardamos nuestras frustraciones para nosotros mismos, siendo buenos jugadores. No es bueno decir todo, aunque algunas verdades son obvias. Canalizamos, internalizamos, desdramatizamos, engullimos y tragamos nuestra impaciencia, remendamos nuestros mecanismos de defensa y maquillamos nuestro pseudo-odio antes de que se revele a plena luz del día. Y estamos convencidos de que decir todo lo que pasa por nuestra cabeza después de soltar todos nuestros filtros, incluso por un solo maldito día... es malo para nuestra salud colectiva.


El camarero regresa y ofrece postres y bebidas para completar mi comida. Como mi lengua ya dio siete veces la vuelta en mi boca, me siento más tranquila, de repente, y puedo responder amablemente:


“Tomaría café de filtro, por favor”.

[1] Marca popular de terrina.



#JULIO18L1

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