Mi cama, mi enfermedad


"La cama es un campo de entrenamiento de ataúdes" (Woody Allen)


Somos tan a gusto, acurrucados en nuestra cama, ¿verdad? ¡No creo que esté escribiendo una aberración, al contrario! Estoy segura de que todos soñamos de vez en cuando con esta camita, de lanzarnos en ella en un tremendo salto que merecería nada menos que un 10 en los Juegos Olímpicos, y de ya no querer sacarnos de ahí ni por una cuestión de vida o muerte. Nuestro cuerpo parece hecho a medida para imbricarse en el suave colchón y dejarle su huella pesada, y ruega también a la suavidad de las cobijas de lana a cubrirlo como un sudario cubre un precioso mueble... o una tumba. Pero es hipócrita, una cama, probablemente ya lo hayas notado.


Ella comienza por excitarnos con atractivas promesas de sesiones de amor a sabor de ligueros y de encaje, y con noches de invierno prometedoras a acogernos, nuestros perros y gatos, nuestras sábanas envolventes, nuestra taza de chocolatito caliente con malvavisco y nuestro control remoto, y luego nos convierte lentamente pero seriamente en una larva humana, haciéndonos de repente el ecosistema de nuestra depresión otoñal y de nuestras ambiciones de fines de semana muertos en el brote por tanta flojera.


Una cama, es algo peligroso, aspira nuestro cuerpo tanto como nuestras ambiciones, anquilosa nuestros músculos, nos mantiene calientes como una hogaza de pan en el horno. Nos convertimos en la Bella Durmiente, Blancanieves o cualquier otra princesa de tez pálida a fuerza de no abandonar las cuatro paredes de nuestra habitación. En los días de invierno, solo sacar el dedo gordo de bajo de las cobijas puede representar una tortura. El calor de la lana es casi como el calor de una madre. Es envolvente, acogedor, reconfortante.


Yo, pues soy lo que podríamos llamar una egoísta de la cama. No me gusta compartirla, ni siquiera con el ser querido. Pongo un mínimo de cinco almohadas, y esto reduce considerablemente el espacio restante para otra persona. Cuando el novio mete la nariz en la habitación a una hora indecente, hago la estrella de mar, descuartizándome como si midiera seis pies en lugar de cinco pies una pulgada y tres cuartos, pretendiendo dormir lo más profundamente que sea posible para un ser humano. Si es necesario, estoy lista para fingir que ronco. La mayoría del tiempo, él da la vuelta, se resigna y se instala en la recámara contigua. De lo contrario, cuando él se queda medio dormido en el sofá sin darse cuenta, lo dejo allí sin pudor. Si me levanto para hacer pipi a medianoche, voy al baño de puntillas, mis pasos son como los de un ratón, para evitar cualquier crujido que pueda despertarlo, ya que esto lo haría "transferir" al cuarto. ¡Esta es mi cama! ¡Fuera de aquí, man!


Sí. Es cierto que este comportamiento no es un facilitador a la procreación, lo admito, pero bueno... tengo otras cualidades que pueden compensar, parece, por lo menos. Me gusta sobretodo refugiarme en mi cama para escribir. Es como si sentarme donde mi cerebro se escapa en mil y un sueños por la noche me revela todas estas ideas locas que se convierten en los textos que te doy y que alimentan tus tardes de lectura semanal. Unas personas tienen hermosas oficinas acristaladas que les permita observar los pájaros, yo tengo una cama para observar mis sueños.


La cama también puede convertirse en prisión federal si uno no tiene cuidado. A fuerza de acurrucarse en ella sin más intenciones que quedarse allí, le crecen barras transparentes en los bordes del colchón y nos encontramos inconscientemente encerrados. Existe una extraña correlación entre el tiempo que pasamos en la cama y nuestro deseo de irnos a otra parte: cuanto más nos quedamos encamados, menos queremos liberarnos del mueble. ¡La ecuación es así de sencilla! Es aún peor cuando tienes un televisor en tu habitación. ¡Qué idea tan brillante, santo cielo! La combinación de "colchón y TV" es completamente tóxica. Durante la temporada navideña, un pijama de franela, gomitas, una panacea de almohadas, películas de Hugh Grant y una cama acogedora, es la combinación perfecta para disolverse lentamente como el azúcar en el agua. Estoy segura de que algunos desaparecerán para siempre durante este período. Cuando el trabajo recomenzará, el 3 de enero, brillarán con su ausencia y nunca más volveremos a saber de ellos. ¡Veras que tengo razón! Se habrán probablemente ido a la tierra de los sueños para siempre. Un colchón es un poco como una alfombra voladora, pero más acojinado. Es perfecto para irse de viaje tan pronto como cierres los ojos y el riesgo de nunca regresar existe.


Porque puedes literalmente morir en la cama. Apagarte lentamente. No es en vano si varios moribundos en fase terminal de vida expresan el deseo de rendir su último respiro en su cama, en su recámara, en este refugio que los protegió tanto a lo largo de su existencia. Esta habitación que los vio entristecerse, llorando su vida en grande oleaje durante una pena de amor, que fue el testigo silencioso de noches de amor, de abrazos de niños, de los ronroneos de gatos pegados a la columna vertebral de su dueño, recámara que ha sido el mayordomo de tantos desayunos en la cama, que ha albergado muchos gérmenes, gripes de hombre, gastroenteritis, fiebres transitorias. Acompañó a sus ocupantes a través de noches de insomnio a leer, no, a engullir a Dostoievski, Jane Auten, Dany Laferrière y Émile Ajar, o hasta a estos libros de chick litt, en aquellos momentos en cuales el deseo de soñar superaba al deseo de pensar. Queremos morir en la cama porque encarna a una casa en la casa. Un capullo de mariposa, un nido de pájaros. Dormimos allí un tercio de nuestra vida, no es nada.


Es Jorge Luis Borges quien escribió que "dormir es distraerse del universo".


Déjame dormir, por favor. El universo es muy pesado últimamente. Y quiero mi cobija de lana calientita y mis cinco almohadas.

#NOVIEMBRE18L1

| par La vie est un piment

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