Mi mejor vida


"Vivo mi deseo de vivir". (Miguel de Cervantes)


Si el ser humano es como un gato y tiene nueve vidas, estoy probablemente viviendo la mejor de ellas. No es que sea sin fallos, sin desilusiones, sin obstáculos y sin fracasos. Al contrario, yo me enfrento diariamente a decisiones difíciles, incluso desgarradoras. Estoy estresada. Me hace falta paciencia. Mi casa es un proyecto perpetuo que avanza a pasos de tortuga. Todavía no tengo hijos y mi reloj biológico va en cuenta regresiva. No tengo licencia de manejar. A veces gasto muuuuucho y tengo que reparar. Hablo demasiado (según tus estándares, quizás, hay que precisarlo, porque dicen de la cultura que es como la mermelada, cuanto más tenemos, más la extendemos, pero esto le encanta a los adictos al azúcar). En resumen, no soy una superheroína con poderes mágicos permitiéndome de eclipsar los avatares de la vida antes de que destiñen en mi cotidiano. Soy solo una mujercita perfectamente imperfecta siguiendo mi ruta sin querer saber a dónde me llevará.


¿Por qué esta vida sería mi mejor, de hecho? Porque tengo este sentimiento permanente de tener suerte. Creo que excepto mis sinusitis a repetición, tengo una salud excelente. No tengo dolor de espalda, de rodillas, de manos o de alma, nunca (casi) he estado enferma y toco madera para que siga así. Tuve una juventud consentida durante la cual me divertí mucho. Como una niña. Sin preocupaciones de adultos. Sin sentirme responsable de las cosas de las cuales no hubiera debido. Jugué a la maestra de escuela, hice espectáculos de lipsync con los vecinitos, escribí historias y creé fotonovelas con recortes del difunto catálogo de Sears, tuve docenas de amigos por correspondencia a quienes yo enviaba cartas escritas en papel perfumado en exceso, bailé como en los videoclips de Madonna y de Roch Voisine [1], jugué a la agencia de viajes, hice tap dance, toqué piano, flauta (y hice recitales en residencias de ancianos con la hermana Mariette), preparé asquerosas ensaladas de frutas para mis padres para sorprenderlos con un desayuno en la cama, seguí con asiduidad a Samedi Jeune [2] con la señora Lison los fines de semana, y luego a Chop Suey y a Chambre en ville los martes por la noche cuando era un poco mas grande.


Me bañé en el mar, tuve a menudo derecho a fiestas de San Juan Bautista organizadas por papá y Mario, fui a ver jugar a los Nordiques con mi jersey de Mats Sundin y lo Expos (yo fui "expositiva, como lo decía el eslogan del club"), me fui de intercambio escolar a Francia a los once años, y luego estudié un año completo en México al final de la adolescencia. Fui a Van Buren, en el Maine, a comprar chicle y papitas con Claire y Brian, acampé en una casa de campaña bajo la lluvia en la Isla del Príncipe Eduardo (e hice una crisis para cenar KFC en lugar de Pizza Delight, pero esa es otra historia). Me fui de vacaciones cada año a Gaspésie dos semanas en verano y una semana en invierno, dormí en la caravana estacionada en el fondo del terreno a la casa de Jody Lee y de Kristopher, o en el sótano de Rachel, recogí fresitas silvestres en la cima del cerro frente a la casa de mi abuela Rita. Suscribí a la revista Filles d'aujourd'hui. Tuve una mochila Vuarnet, un suéter Natchous [3], una camiseta de Fido Dido y una chaqueta de Cobra Jeans. Tuve una colección impresionante de libros del Club de las canguro (mi favorita era Stacey). Para vivir su mejor vida, uno debe comenzar por reconocer los momentos más bellos de su infancia.


Y después, al crecer, nos hacemos nuestra propia vida. Empezamos a tomar nuestras propias decisiones. Esto es crucial. Cada decisión tiene una influencia directa en lo que sigue, es lo que llamamos el efecto mariposa. A mí, mi efecto mariposa me salio muy bien y extendí mis alas fuera del capullo como una niña predestinada a esto. De joven, asumí mi camino. No les sale fácil a todos asumir. Siempre supe que yo era una ciudadana del mundo abierta y atraída por todas las culturas, incluyendo las muchas facetas de la mía, y que tenía un agudo sentido crítico, pero mucho sentido común. Tuve un número razonable de novios (no demasiado, solo lo suficiente). Mi verdadero primer novio era tailandés y se llamaba Sumeth, pero todos lo llamábamos Teoi. Cuando lo traje a casa a los dieciséis años, me imagino que mis padres pensaron que no era tan sorprendente de mi parte. Cuando comencé a salir con él, él apenas hablaba francés y tenía un fuerte acento asiático, pero lograba (quien sabe realmente cómo) hablarle por teléfono durante horas y comprendiéndole muy bien (Ahí está la prueba que el lenguaje del amor, ambos lo conocíamos). Son hermosos, los amores adolescentes. Son puros. Son románticos. Son emocionantes.


Después de la universidad, me mudé a México para estudiar en la universidad y allá me convertí en una verdadera mujer. Conocí de mas cerca la pobreza, aunque no me diera cuenta. Había decidido vivir como una adulta, pero a diecinueve años, uno no sabe nadita sobre la vida. Sin percatarme, me las apañé sola, aunque no tenía ni un sofá en casa y que usaba un par de tijeras como antena en mi televisor en blanco y negro. Comí mucha ensalada de atún, espaguetis con puré de tomate y tortillas de harina con frijoles, y bebí litros de Kool-Aid, pero esta vida en México sigue siendo uno mis recuerdos más conmovedores. Me tejé allí amistades como una araña teje sus telarañas. En esta mejor vida, desarrollé mi capacidad para ser una amiga fiel, dedicada, atenta, disponible e interesada, y desde entonces he estado aplicando estos aprendizajes en todas mis verdaderas amistades.


Aquí es donde comienzo mi larga diatriba sobre la amistad y me disculpo por anticipado (no, al final no me disculpo para nada, ya que la amistad nos es necesaria para esta mejor vida, me entiendes). La amistad es como el amor, en versión platónico. Es una flecha directa al corazón, una inclinación incontrolable, lo inevitable servido en una bandeja de plata. Nunca es tarde para (permítame el anglicismo) "caer en el amor" o en la amistad. ¡Bang! Hace ese ruido cuando uno cae sobre una persona predestinada a ser parte de su vida. Así fue como conocí a mi esposo Eric y aunque hice todo lo posible para evitar salir con él, esta vida pillina había planeado el contrario, y cuando la vida quiere algo, sepa que no puedes ir en su contra. Y fue así para cada relación que desarrolle con mis mejores amigos.


Vivo una gran historia de amor con cada uno de ellos. Melanie (mi mejor amiga) es tan diferente a mí que nadie hubiera apostado por la sostenibilidad de nuestra amistad. Nos parecemos un poco a Laurel y Hardy. Sin embargo, seguimos siendo las mismas cómplices con ideas locas veintiocho años después de nuestro encuentro y nuestra complementariedad es irreprochable. Mi amiga Özlem entró en mi vida por un capricho que tuve de que quería aprender el turco. Nos conocimos en un sitio web y unos meses después, nos reuníamos a Harbiye para atender un espectáculo de Tarkan a cantar (ella) o intentar de cantar (yo) Adımı Kalbine Yaz. En cuanto a Li, entró en mi vida por Instagram (esta no es su versión, pero como este texto me pertenece, me apego a la mía). Y pronto se convirtió en mi hermano cósmico. A primera vista, nuestras vidas tienen tan poquito en común que la gente no puede entender nuestro curioso dúo, pero nuestros corazones comparten tantas similitudes que nos encontramos catapultados a un lugar mágico cada vez que nos hablamos. Y Hend, la conocí a fines del 2008 cuando yo fui de viaje a Egipto (Hend era mi extraordinaria guía). De vuelta a Canadá, me reconecté con ella al encontrar su dirección de correo electrónico. Luego nos volvimos a ver cuando ella vino a reunirse conmigo en Estambul en 2012. Desde entonces, conocí a sus padres, a sus sobrinas, a sus amigos, viajamos juntos y nos amamos como hermanas de dos madres diferentes.


La distancia ya no es un freno para la amistad, hoy en día. Tengo la prueba con Marisela, que conocí en México cuando vivía allí. Nuestros novios de la época nos habían presentado, y nuestra amistad pasó la prueba de los años, a diferencia de nuestras parejas. Fue lo mismo con Roberto, que volví a ver por primera vez este año después de dieciocho años. Aquí es donde vemos que Facebook no solo se usa para compartir videos de gatitos lindos. Las redes sociales son facilitadoras para crear contactos y mantenerlos. Por ejemplo, conocí a Lizzy y a Chan a través de una comunidad de fútbol de Twitter. Después, tienes que concretar todo, y esa es la parte en la que tengo éxito. La amistad es una segunda familia, la que elegimos, la que no viene por defecto. Toda amistad real se basa en un flechazo. Nos reconocemos al mismito tiempo entre los siete mil millones de personas en la Tierra. ¿Qué fascinante, verdad?


En mi mejor vida, duermo en una banqueta en un aeropuerto ruidoso sin muchas preocupaciones, demasiado emocionada de partir a la aventura. Converso con un chófer de Uber en la ciudad de México que me cuenta ser un competidor de lucha libre por las noches y los fines de semana. Paso un fin de semana sola en Montreal, donde ceno con una amiga en este nuevo bar de cócteles, donde asisto al mejor partido de fútbol del año en el estadio Saputo después de haber tomado una Chipie [4] con David, donde degusto un pan dulce de Olive y Gourmando sentada a la sombra de un árbol en un banco del Square Victoria, donde escribo este texto inspirada en un cuarto de hotel del centro de la ciudad. Leo un capítulo de la biografía de Corneille comprada hace dos años mientras que estoy tomando un largo baño caliente lleno de burbujas. Tomo un té verde con leche, una lata de agua de coco, un refresco de tamarindo o un kombucha de melón y lavanda, ignorando a quienes piensan que soy extraña. Hago ñoquis de ricota tan ligeros como pequeñas nubes. Paso momentos memorables con mis sobrinas Emy y Alexane. Veo Distrito 31 [5] con mis dos carlinos apilados uno encima del otro sobre mis muslos.


Esta mejor vida también incluye amar su trabajo a pesar del estrés, la carga mental y la falta de rutina. Es un helado con mantequilla de maple, un tártaro de salmón de La Reserve o una poutine con salsa de cinco pimientos extra queso de La Cantina de la Gare. Es tomarse fotos en el más pequeño parque del mundo en Portland, comer almendras frescas recolectadas directamente del almendro en la isla de Akdamar, hacer un viaje de cinco horas en dolmuş desde Hasankeyf hasta Van con los Vengaboys a voz en grito. Es saltar en una bahía clara de San Carlos y nadar con los pelícanos. Es el parque de la Gaspésie. Golpear un punching bag con mis guantes con flores rosas. Mi cama. Un dúo entre Loud y Charlotte Cardin. La ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos. Fuegos artificiales. Una victoria de Marie-Ève Dicaire. Una camiseta con la inscipción: "El gluten es el nuevo Al-Qaeda", "Sé tu propio sugar daddy", "Criada en champaña" o "I don't do winter". Comer coreano con húngaros en Islandia. Ser una falsa pelirroja. Escribir. Continuar a usar un iPod Classic a pesar de tener un teléfono móvil con tecnología de punta.


¿Estás viviendo tu mejor vida? Si no, ¿qué estás esperando?

[1] Roch Voisine, cantante canadiense.

[2] Samedi jeune, programa de telé canadiense de los años ochenta.

[3] personaje de Humeur Design.

[4] marca de cerveza canadiense

[5] serie cotidiana canadiense


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