Los últimos verdaderos nostálgicos



"La nostalgia es el deseo de quién sabe qué ..." (Antoine de Saint-Exupéry)


Era mejor en los viejos tiempos. No soy yo quien lo dice, es casi todo el mundo. El ser humano está condenado a chillar por culpa de su pasado desaparecido, sobre las cosas bellas de antes que ya no existen hoy y sobre lo que el mundo podría haber sido si solo hubiéramos mantenido el rumbo sobre los viejos valores de antaño.



Sea como sea, soy de esta generación a la que podemos llamar "los últimos verdaderos nostálgicos", una generación que habrá conocido lo suficiente el "antes del Internet" para recordarlo bien, así como la transición tecnológica que resultó del fenómeno. Los que nos siguen en edad sólo pueden recordar vagamente la época, pero no disfrutaron de una juventud sin motores de búsqueda, redes sociales o aplicaciones de streaming. No saben realmente que, en algunos tiempos, todo requería un cable, un mecanismo manual, asistencia humana o un trozo de papel y un lápiz. Es conmovedor el solo hecho de evocarlo y toca una fibra sensible, la de un pasado desconectado cuando permanecer de incógnito era fácil. Podíamos hacer muchas travesuras sin ninguna trazabilidad potencial (excepto tal vez los ojos de los vecinos que simultáneamente supervisaban a la bola de chamacos jugando en la calle).


Esta embriagadora sensación de poder escaparse del mundo entero durante unas horas ha prácticamente desaparecido de la faz del planeta, reemplazada por la necesidad de estar ubicado en todo momento. "Sí, pero ¿si acaso necesito contactarte para una emergencia?" es la pregunta matadora. Dejarla sin respuesta parecería un delito sobre el cual muchos militan para que le asocien una pena una prisión de por vida o trabajos forzados. Ya que estamos, rehabilitemos los gulags, versión "campamentos para personas nostálgicas que ya no quieren contestar su maldito teléfono" ... Como dice mi papá: "Dejen de exagerar”.


Si lo piensas bien, aquellos que tienen menos de treinta y cinco años (es decir, los jovencitos) pueden perderse fácilmente como osos polares de vacaciones en Bali en una conversación con "nuevos viejos" como yo. Después de todo, la mayoría de ellos no saben que antes, los televisores no tenían un control remoto y que había que levantarse para cambiar de canal. Tampoco saben que recibíamos nuestro sueldo con cheque y que teníamos que ir al banco para depositarlo. ¡Muchos nunca han usado un cheque en su vida! Me pagaron con cheque (y probablemente en negro) cuando a los quince años escribí unos párrafos para un periódico local durante el verano, pero vi sobretodo a mi mamá ir al banco para depositar cheques o ir a la caja par retirar dinero. Hasta hice una vez un pago con tarjeta de crédito usando papel carbón. ¿Quién de menos de cuarenta años recuerda haber hecho esto? Apuesto a que pocos levantarán la mano.


Cada pequeña cosa solía requerir esfuerzo. Para reservar un viaje, era como dejar que su agente nos organizara una cita a ciegas con la ayuda de unos pocos folletos. Nuestras vacaciones estaban literalmente en sus manos (expertas o no) ya que él tenía el poder de vendernos el último sabor de moda (un viaje del estilo "helado de ajo confitado") o literalmente de prepararnos con cuidado una odisea digno de este nombre (una especie de Amazing Race[1] de otra época para personas con copetes ochenteros) sin que nadie pueda revisar nada. No había ninguna forma de validar las críticas acerbas de otros viajeros acerca del establecimiento elegido o cualquier otra cosa, a menos que íbas a la biblioteca para encontrar (si tenías suerte) un escaso libro sobre el país a visitar. De hecho planeé mi mudanza a México estando en la cuerda floja arriba de un gigantesco vacío de información. Éramos a principios de 1996, y casi nadie había oído hablar de Internet. Un año después, este nuevo medio de comunicación comenzaría a extenderse, pero mientras tanto, tuve que apoyarme en Jasibe (una adolescente mexicano-canadiense conocida en la escuela, que había pasado su infancia en Oaxaca) para algunos consejos y para poder empezar a tener una idea de qué esperar. Mis padres también me habían regalado una guía de idiomas Berlitz en Navidad. Era casi todo lo que podías hacer para prepararte para un viaje de un año. Esto y rezar un montón a todos los Santos.


¿Cuál sería nuestro lugar en un mundo sin Internet y sin teléfonos celulares? Supongo que todo iría más lentamente, que tomaríamos nuestro tiempo. Nuestra vida diaria se contentaría con evolucionar al ritmo de las relaciones interpersonales cara a cara, largas llamadas telefónicas como ya no se hacen, cartas escritas de puño y letra, tiendas de discos y videoclubes. Hablando de videoclubes, no hace mucho tiempo, una chica me contó que no sabía qué era. De repente me sentí muy vieja. Cuando era niña, ir al videoclub era puro placer. Era la recompensa por excelencia de fin de semana. Nuestros padres nos decían: "¡Niños, vamos a rentar una buena película!". Significaba, en el lenguaje de los padres: "Elijan bien, hijos, porque si no, ni modo". Primero, teníamos que ponernos de acuerdo sobre el género. No es tan obvio, la verdad, cuando a algunos les gustan las comedias y a otros romances rosas extra pétalos. ¡Si teníamos mucha suerte, caíamos en un día 2 por 1 y nos dábamos un gusto! Como podíamos rentar dos novedades, teníamos más audacia. Nos decíamos: "Si la primera película vale un comino, tendremos otra para ahogar nuestra desilusión". Lo más irritante era llegar muy excitados, encontrar toda una pared de cajas de la misma película que moríamos de ganas de ver... y descubrir que ya no había ni un pequeño imán disponible. El imán era el Santo Grial: indicaba si la película estaba en la tienda o si ya había sido rentada por otra persona. No imán, no película. Hoy en día, con Netflix, los videos a pedido y el streaming, es imposible no encontrar lo que estamos buscando, y si la película elegida es terriblemente mala, comenzar otra es un derecho adquirido. La vida fácil...


¡Ah! ¡Qué lejano está el tiempo en que teníamos que chambear para obtener algo muy sencillo! Dicho esto, no estoy dispuesta a decir que el mundo era mejor antes. Es cierto que la tecnología ha democratizado el conocimiento, la accesibilidad a las culturas de todo el mundo, las oportunidades para encontrar el trabajo soñado en cualquier lugar e incluso el amor, ya que ahora podemos coquetear con personas de todas las regiones en solo unos pocos clics. Gracias a Internet, también tengo la posibilidad de mantener este blog y tener lectores de todos los orígenes. Puedo ver a mis amigas con cámara web a pesar de que viven en otras zonas horarias, así como a mis padres en Gaspésie o a mi hermano en Ste-Julie. Puedo trabajar cómodamente desde casa, sentada a gusto en mi silla rosa chicle. Este universo, lo amo. Me hace sentir como pez en agua. Apareció en mi vida en una época cuando el futuro estaba por delante de mí, me convertí en una adulta con él, me acompañó en todas las etapas de mi vida de mujer. Sin embargo, también tiene un lado oscuro innegable, una fuerza maligna. Desinforma. Aísla a adolescentes vulnerables y rechazados. Radicaliza. Confunde. Te vuelve intolerante. Cultiva los egos como si fueran simples zanahorias. Promueve la vida perfecta, el cuerpo perfecto, los valores perfectos. Deja que los guerreros del teclado vomiten su veneno con impunidad. La gente ha cambiado con este universo. O tal vez no. Quizás la tecnología solo despierte lo peor de la naturaleza humana, después de todo, enfatizando su parte de sombras, no solo su luz.


A veces tener su teléfono celular a mano es una ventaja. Si unos transeúntes no hubieran podido usar sus teléfonos para filmar el horrible destino de George Floyd hace unas semanas, el mundo entero no estaría hablando de racismo o intentando marcar la diferencia a la hora de escribir este texto. Hacer del planeta un testigo visual de tales ignominias provoca inevitablemente cambios. Al mismo tiempo, el teléfono puede convertirse en un obstáculo para cualquier persona abusando de él. Ya no es raro ver con la pantalla en lugar de con los ojos. Tomamos tantas fotos que olvidamos mirar realmente las cosas y también disfrutarlas un poco. Los verdaderos recuerdos no se crean con fotos en ráfagas. Una foto, tan hermosa como es, no evocará las mismas mariposas a una persona que no ha mirado bien con sus propias pupilas. Hay antes que todo que sentir para entender y el advenimiento de la tecnología no ha cambiado este hecho, a pesar de tratar bien fuerte de hacerlo. Ahora estamos buscando demasiado la foto perfecta y no lo suficiente el placer de tomarlas. La fotografía se ha convertido en la nueva manía para muchos fotógrafos improvisados, ​los cuales la usan como actividad mercantil. Están lloviendo ofertas de fotógrafos de domingo en Facebook. Los que fotografían tanto con los ojos como con el corazón y la lente son cada vez más raros. Con Instagram, los libros y exhibiciones de fotos que tanto me gustan están en declive.


Sí, hubo un tiempo diferente cuando tomar una foto era un evento. A veces capturábamos un recuerdito en vivo, pero como las fotos venían en películas de 12, 24 o 36 y teníamos que desarrollar los rollos en la tienda para recibir dos copias de cada imagen, guardábamos nuestras fotos para los momentos memorables. Ciertamente no tomabas mil fotos de ti mismo en todos los ángulos con un selfie stick en el borde de un acantilado con mini shorts. No desperdiciamos película para fotografiar botellas de cerveza o un plato de penne all’arrabbiata. Hoy en día, usamos la fotografía para lucir, para mostrar nuestra vida (a veces falsa) hasta los más mínimos detalles, para presumir a otros y liberarse de su propia culpa por casi cualquier cosa. Antes, la fotografía era una actividad costosa. Tenías que conseguir una cámara, luego un flash, a menudo comprado por separado, así como películas, y pagar para revelarlas, algo que podía necesitar días. Por si fuera poco, ¡la persona a cargo del revelado fotográfico podía deleitarse un montón porque veía pasar a cada una de las fotos tomadas! Fuera de cuestión hacer unos desnudos, de lo contrario, se volvía incómodo al mas no poder recuperarlos.


En resumen, estoy nostálgica. No es tanto el hecho de que echo de menos este pasado de manera enfermiza, sino que mi generación algún día no tendrá con quién hablar al respecto. Los jóvenes de hoy ya nacieron preacondicionados para usar Internet y otros dispositivos de moda. No pueden concebir una vida sin wifi o tableta. Imaginar lo inimaginable es mucho pedirle a quien sea, de todos modos. Hablarles acerca de los teléfonos de ruleta, del difunto catálogo Sears (que sin embargo hacía dropship antes de la llegada de los gigantes de la Web), de las diapositivas y de las presentaciones orales con acetatos, evocar la emoción de recibir una carta escrita a mano llena de noticias que creíamos actualizadas pero que ya tenían dos semanas de retraso. Explicarles que no teníamos acceso a canales de noticias de continuo para informarnos en tiempo real, ni a cadenas de meteorología para ayudarnos a decidir si nos íbamos a poner un gorro y una bufanda para ir a la escuela al día siguiente (más bien utilizábamos un termómetro instalado en el exterior, que descifrábamos desde la ventana de nuestra cocina... o el antiguo pero muy eficaz método del "abro la puerta, me congelo, me abrigo")... ¡Sólo imaginar todo esto me da vértigo!


Cuando tenga noventa años y hable sobre "antes", ¿quién entenderá mi lenguaje? Las personas mayores y las envejecidas de hoy también han experimentado esta misma transición tecnológica. Mi generación, aunque más joven, está ahí para entenderlos. Si una anciana me habla del antes, tiendo a tener una idea de su estilo de vida, a pesar de los muchos matices de nuestras diferentes épocas y de los contextos históricos específicos de cada década. Imaginar una vida sin televisión, sin auto, soy capaz de hacerlo. Sé lo que es un carro. He conocido mecanógrafos (hasta tuve uno). Entiendo la idea de jugar cartas en familia y la idea de reuniones animadas con bailarines, cantantes y músicos para alegrar las noches de invierno. Lo que vino antes de las telecomunicaciones, me lo imagino todo. Será totalmente diferente para mi grupo de edad. Cuando seremos la generación más antigua aun viva, nadie recordará de antes de la computación. Nos mirarán con signos de interrogación en los ojos cuando hablemos de Walkman, de consolas Atari, de radio AM y de VHS y algunos seguramente se dirán a sí mismos: "¡Ja! Estos viejos seniles... "



[1] The Amazing Race : Programa producido por la cadena CBS.

| par La vie est un piment

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