Adiós Luly

"Inmensidad dice el ser, eternidad dice el alma". (Victor Hugo)


A Antonio, Claudia, Anita y Rodrigo con todo mi amor. A Dulce, que habrá vivido lo que viví con ella. Nos comprenderemos sin conocernos.


Voy a contarte una historia en la cual cada palabra será cierta, la historia de una adolescente de 17 años mudándose sola a México para aprender el español, ella, su pequeño walkman rosado y una sola maleta conteniendo menos ropa que de cándida despreocupación. Esta joven era yo, o más bien una versión anterior de mí, una chica llena de dudas, que aún no conocía las zapatillas y el lápiz labial y que siempre estaba preocupada por lo que otros pensaban de ella. También y sobretodo es la historia de la mujer en ciernes que era yo y que iba a cruzar la vida extraordinaria de una mujer mas grande, y enredarse los baskets en su existencia sin sospechar que ella dejaría en mi mundo un fino rastro indeleble para la eternidad, allanando el camino que iba a elegir de seguir. Esta mujer se llamaba María Lourdes, Luly para los íntimos. Y quiero presentártela, ella y su inmensidad.


Conocí a Luly en 1997. Era la época en la que Shakira hacía furor con su álbum: Pies Descalzos, en la cual México seguía luchando para salir adelante después del asesinato de Luis Donaldo Colosio y después de la presidencia de Carlos Salinas de Gortari (que huyó a Irlanda después de haber arruinado la economía del país), la época en cual todavía se hablaba del chupacabra, y previamente a que la nación se sumerge en el mega escándalo sexual de la estrella pop Gloria Trevi. Internet estaba a punto de democratizarse, pero era sobre todo la hora de gloria de la radio hablada, cuya reinaba como una diosa, así como la televisión analógica, las cartas escritas a mano, los postales y las colecciones de estampillas. Hablar dos idiomas era una hazaña. Hablar tres era un lujo. Luly no hablaba ni inglés ni francés, mientras yo tartamudaba un torpe y estridente español con "rrrrr" más mojadas que enrolladas. Pero a pesar de mis dudas, mis indecisiones y mis incerdidumbres, Luly había escuchado mi mensaje, apartando con la mano mi forma curada de expresarlo. Para la extranjera que yo era, este regalo era hermoso.


Estaba enamorada de su hijo Antonio, era un puppy love, de esos que solo los adolescentes enamorados del amor podían experimentar. Estos primeros amores siempre tienen un sabor, un olor, una electricidad particular, se paran en la encrucijada, allí, en el medio de la plaza, emanando de una intensidad exponencial, pero cada uno finalmente elige su propio camino una vez llegado a la intersección de la vida. Si son puros y grandiosos, se evaporan a lo largo del tiempo, dejando espacio para las preocupaciones diarias que nacen con el adulto en expansión instalándose en el cuerpo para ocupar todo el espacio. Necesitábamos vivir nuestro amor en un remanso de paz y aceptación, ya que no éramos una pareja tradicional. Vivíamos a nuestra manera, ignorando las convenciones, las ideas preconcebidas y la tradición. Luly me había recibido en su casa y me había ofrecido un refugio, un capullo acogedor donde la crisálida de nuestro amor sería capaz de hacerse mariposa y alejarse de las preocupaciones del mundo exterior. También me ofreció una familia mexicana con la que socializaría y entendería cuál era el verdadero México, su ingenio, su hospitalidad, su ayuda mutua y su simplicidad efectiva.


Su humilde casa de la calle Otancahui entre Yaqui y Mayo era un proyecto, que ella reparaba de mil y una maneras con los medios a mano. Todos los gastos eran calculados y planeados escrupulosamente. El agua caliente se economizaba y tuve mil veces que bañarme ahi con agua fría, un trauma para una niña criada en la abundancia de agua caliente en verano como en invierno. Por la noche, el piso estaba cubierto con montones de cobijas y todos dormían en el suelo de la sala de estar, pegados uno al otro como gatitos. Era lo que podríamos llamar un México sin ceremonias, pero dormíamos como bebés. En la primavera, con el regreso del calor, era en el techo plano donde pasábamos la noche. Subíamos por la escalera del jardín, y aprovechábamos de la brisa nocturna que paliaba la falta de aire acondicionado en la casa, bordeados por el cielo estrellado y el aroma de las buganvillas. Temprano en la mañana, escondíamos la cabeza bajo las sábanas para protegernos de las abejas que rugían como pequeños Ferrari en nuestros oídos.


Luego, después de meses de una rutina suave a convivir con esta familia y con Luly, el pilar principal de la casa, volví a Quebec durante un año y medio para estudiar en el colegio. Antonio y yo estábamos yendo y viniendo de Obregón a Rimouski y de Rimouski a Obregón, el corazón haciéndose un poco más compota con cada uno de esos locos viajes. Luly nos ayudaba en este momento difícil, a pesar de que no tenía ningún ahorro. No teníamos los medios para vivir así a vitam aeternam, y yo estaba cansada de vivir descuartizada entre la euforia de perpetuas reuniones y las lágrimas rompecorazón de una salida inminente. Entonces, decidí mudarme a Ciudad Obregón para estudiar en la universidad e intentar vivir con Antonio. Cuando me mudé, Luly me recibió en su casa sin hacerme ninguna pregunta. Me hizo espacio en un cajón y agregó cubiertos en la mesa. Ni siquiera recuerdo haberle pedido permiso: Se impuso naturalmente, como una mera evidencia. Ella me había aceptado sin juzgar mi falta de conocimiento de su cultura o los comienzos de una rebelión transitoria contra la religión que nacía en mi joven ser en progreso, y esto fue de su parte una demostración de apertura bastante rara para aquellos años, en este México aún un poco cerrado. Era temporal, estaba esperando tomar posesión de mi propio hogar y vivir en una relación de ley común con su hijo, un hecho impactante para la época, y un pecado. Pero contra todas expectativas, Luly había aceptado este hecho sobre el cual ella tenía poco control, y había decidido considerarme como casada con su hijo mayor antes del acto formal: Dios iba a esperar su turno y la vida continuaría. Mis temores se habían disipado. Me sentía en seguridad, apacible y alegre en los acogedores brazos de Luly. Yo era su tercera hija y ella se convirtió en mi madre espiritual.


Esta mujer me impresionaba mucho. La veía más grande que la vida, inconmensurablemente inteligente e imaginativa, inspiradora e inspirada, hermosa como ninguna, agarrando la felicidad con ambas manos sin dejarla escapar, aunque sería por todo el oro del mundo. Recuerdo que ella compraba frutas dañadas del mercado, antes de que esto se convirtiera en una tendencia. Eran mucho más baratas que las frutas perfectas, te puedes imaginar. Ella las estaba amputando de sus pedazos incomestibles, y pasaban de incógnito en sopas o guisos. Luly siempre me decía que no podíamos desperdiciar. Aun ahora, recupero las frutas y verduras a su manera, siempre recordando sus palabras antes de tirar comida. No, Luly no era rica en dinero y no gastaba demasiado, pero era rica en amor para dar. Ella lo sembraba en todas las direcciones, era un verdadero molino de amor. Y también era rica en familia, criando prácticamente sola cuatro hermosos hijos. Mantuvo a su padre en casa, y Papa Tono envejeciaba apaciblemente, macerando en la alegría cotidiana de su hija Luly.


Casualmente, Luly, a pesar de sus modestos medios, corría como Ana Guevara hacia los retos y había permitido a toda la tribu de ir a la universidad, un lujo para aquellos años. Ella misma se había atrevido a regresar a la escuela, eliminando todas las barreras infranqueables que se atreviaban a colocarse en su camino lleno de baches. Para lograr esto, tuvo que aprender a usar una computadora, lo cual no era simple en esa época donde poseer una de esas máquinas era un lujo supremo y donde los laboratorios de computación eran la única opción viable para hacer la tarea. Yo mismo pasaba horas tamborileando a un teclado en el laboratorio del campus de Nainari para quedar en contacto con mi propia familia. Ir a la universidad con mi suegra fue una rutina agradable. Compartíamos molletes en la cafetería de la unidad Centro ITSON y picos de gallo desbordantes de mango, pepino, melón, coco y jícama, comprados en una de las tienditas a la salida, que ahogábamos en salsa picosa. Recuerdo su orgullo de estar allí y la dulce euforia que vivió cuando me dijo que había sido admitida. ¡Nada era a su prueba!


Tengo esta imagen en la mente de una Luly ocupada en su cocina y estallando en risa contagiosa cuando su hijo la agarraba por la cintura para dar un paso o dos de quebradita al sonido de la radio al ritmo de los Tigres del Norte y de las comidas compartidas muchas veces en su hogar de dulzura. Su cocina era humilde e ingeniosa. Todos necesitábamos más convivir juntos y compartir un momento de felicidad robado que de comer comida elaborada, de todos modos. Ella me enviaba a recoger limones en el limonero que dominaba el patio trasero, y como con los problemas, ella hacía con ellos limonada. ¡No hay nada como una buena limonada fresca para aniquilar todos los limones que la vida nos da en el momento correcto, después de todo! También me mostró cómo hacer mi propio yogurt. Ella compraba una gran cantidad de leche de granja y lo transformaba en yogurt para hacer paletas, a cuales le añadía mermelada de mango casera, y vendía estas delicias refrescantes a los vecinos en los días tórridos donde el mercurio se elevaba a mas de 45°C. Nunca en mi vida he disfrutado mejores paletas y cuando vuelvo a pensar al calor opresivo del norte de México, estos momentos divinos de degustación gozosa son los que surgen en mi mente primero.


Cuando por fin me mudé a mi casa, yo me iba el fin de semana de Villafontana en el autobús de la ruta 4 con mi gran bolsillo de ropa sucia para ir sin falta a lavarla a la casa de Luly. Llegaba toda sudada después de caminar por la calle Guerrero hasta la Yaqui, las piernas temblorosas bajo este sol tan abrasador y casi inimaginable para la Canadiense que era, y mientras la lavadora estaba haciendo su trabajo, nos sentábamos en la sala a comer membrillos o guayabas, bebiendo un gran vaso de agua de pepino, de horchata, de jamaica, de tamarindo o de tepache y nos contábamos nuestra semana de pura locura. Rodrigo dibujaba fabulosos personajes de su propia cosecha, sentado en una esquina sobre el piso de cemento, Anita y Claudia discutían como dos adolescentes en florecimiento, Antonio platicaba con su abuelo, y yo, a menudo me quedaba con Luly y me enseñaba todo, pretendiendo ignorar mi gracioso español cantado y mi gramática dudosa. Rechazaba categóricamente que la llamara "señora" y que la ustedeará, diciéndome constantemente que no era tan vieja. Ella se reía de mi miedo de los alacranes, y le gustaba tratar de convencerme de que si me picaban, yo no iba a morir, y luego se ponía a reír al ver mis expresiones faciales enormemente alarmadas. Un día, mientras estábamos alrededor de la mesa comiendo tortillas y frijolitos, me dijo riendo: "¡Marie, no te muevas! Hay un bebé alacrán en la pared justo detrás de ti ". Y en dos pasos y tres movimientos, ella ya estaba, todo en estilo e intensidad, golpeando el bicho con una chancla, como si mi vida dependiera de esto. Mi corazón se había detenido, por supuesto, pero ella se había encogido de hombros, señalando que era solo un bebé, después de todo. Una insignificancia, qué! No era suficiente para hacer una historia ... al menos para ella ... Porque yo, ya tenía mil y una historias de horror en mi cabeza.


Luly tenía un aura que la hacía lucir genial. Le encantaba bailar y no se privaba de hacerlo. Estaba a favor de la justicia social, y muy politizada. Era consciente de que la pobreza era un freno, y juraba que no se dejaría dominar por ella. Era una feminista, una pionera, logrando mantener a una familia unida y funcional a duras penas, como una halterófila al arranque. Ella también era creyente, y algunas veces se preguntaba un poco ingenuamente si Dios iba a perdonarla por haber pasado por dos separaciones. Si esta idea no la obsesionaba, la preocupaba de todos modos, y un día, habló de esto con un sacerdote, quien la liberó de una vez por todas de esta impresión que arrastraba como una carga. Ella tuvo el corazón bien ligero después. Era extraordinariamente generosa. No era raro ver a vecinos venir a solicitarla, y siempre había niños corriendo por su casa. Recuerdo que cuando ella y yo ibamos al mercado, ella siempre terminaba comprándome cacahuetes, fresas con crema o coyotas, que compartíamos en el camino de regreso. Era su forma de mostrarme que era feliz de que yo fuera parte de su vida, aunque yo había causado un tornado en el pequeño y tranquilo universo de su nido familiar, yo, mis grandes ojos azules un poco inexpertos y mi definición aún limitada del mundo. Si mis padres habían aceptado tan bien mi decisión de mudarme a México cuando no había cumplido mis veinte años, era en gran parte porque les había contado sobre Luly y tenían fe ciega en ella, incluso sin haberla conocido. Mi madre sabía que yo era bendecida con los dioses por tener una mujer así en mi vida en un momento tan crucial.


No vi a Luly después de que su hijo y yo rompimos. Tuve que estar de luto de esta familia al mismo tiempo que de este amor de mi juventud. La tecnología nos había mantenido en contacto, y con el paso del tiempo, los recuerdos se habían vuelto más valiosos de lo que imaginaba. En abril de este año, Luly se fue. Como una hermosa mariposa que se fue a conquistar su destino. Es en abril que las mariposas suben por el continente desde México hasta Canadá. Llega el verano y no puedo evitar de pensar que Luly puede estar aquí, cerca de mí, columpiándose en una de las rosas de mi jardín. "Algunos momentos tienen un sabor de eternidad", escribió Marc Levy.


Adiós Luly...


Eres eterna.

#MAYO18L2

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