La deseabilidad


"Deseo de mujer es un fuego que devora.

Deseo de monja es cien veces peor." (Jean-Louis Baptiste Gresset)


Jason Momoa se rasuró la barba. Esta frasecita me parece un excelente principio de texto acerca de un tema tan ambivalente como la deseabilidad. Porque al leer las reacciones de todo el mundo después del "drama", me dije a mí misma que para la señora Fulanita, el índice de deseabilidad de Momoa estababa en caída libre. Ay. Sin embargo, se me hace a mi que él quedó bastante guapo (¡guawww!) con la barbilla libre de pelos, hay que decirlo. ¡Chitón, no digas nada! Déjame explicarme. Apacigua su rostro, redescubrimos sus labios y nos damos cuenta de que es más joven de lo que pensábamos a primera vista. De hecho, lo prefiero sin barba, pero no hay ninguna necesidad de aventarme tomates por lo tanto, ¡por fa!


Creo que de repente la palabra "deseabilidad" se ha convertido en una de mis palabras favoritas. Soy así, me enamoro de palabras como otros se enamoran con una canción o un libro. "Deseabilidad", por lo tanto, se adiciona a libélula, nomeolvides e inconmensurable en mi lista de palabras favoritas. ¿Pero qué es eso, la deseabilidad, en realidad? Es el simple acto de ser deseable, nada más, nada menos. Momoa, sin barba, se vuelve más deseable para mí, y ciertamente menos para ti. En una escala de uno a diez, uno significando un mínimo de atracción y diez un máximo, el índice del guapo Jason sin barba subió de 5 a 8. De la misma manera que todos los jugadores de hockey de la NHL, durante los playoffs, han caído a 2 en mi escala personal. Te puedes imaginar aquí que para mí, la deseabilidad de un hombre varía generalmente de acuerdo con la cantidad de pelos que domina su rostro. Cuanto más larga es su barba, más dramática es su caída de mi escala. Ya puedo casi oírte exclamarte: "¡Qué superficial, la Marie-Eve!"


Pues sí. Porque la barba pica, raspa y mantiene presas todo tipo de partículas de comida. "¡Ho! ¡Blanqueaste de la barba, hombre! Oh no... Es un resto de huevos revueltos. Vaya. Mi error.". Y porque si a él no le gusta el pelo de mis piernas (que me apuro lindamente a depilar), tengo derecho a que no me guste su pelo de cara. Cuestión de igualdad.


Hay que admitirlo, el ser humano tiene la deseabilidad bastante variable. Algunos factores contribuyen a hacer que el colmo de la banalidad sea mil veces más atractivo en nuestros criterios. Y si todos los gustos están en la naturaleza, uno puede fácilmente argumentar que la naturaleza sin embargo es más y más impredecible y ciertamente lo suficientemente loca de vez en cuando, y por lo tanto, la deseabilidad de una cosa o una idea es a veces tan obvia como 2 + 2 = 4, mientras que en otros momentos, uno se pregunta qué podría haberle pasado por la mente, qué burbuja al cerebro tuvo y lo que podría haber puesto su juicio a dormir de esa manera.


Por ejemplo, la sacrosanta copita de vino del viernes después del trabajo. Rara vez escuchamos personas hablar de vino a mediados de la semana. Nadie se exclama un lunes: "¡Abriré una buena botella de rojo esta noche". Pero cuando llega el viernes por la mañana... ¡Santo cielo! Todos sufrimos como martirizados y el vaso de vino nos parece nuestra única salvación. "¡La copa de vino va a ser buena al rato". "¡No es un vaso que voy a tragar, es una botella completa!"... Algunos incluso hacen trampa y se permiten una copa de elixir a la hora del almuerzo, justificándose con un "it's five o'clock somewhere" para barrer su culpa naciente. Todos sabemos que el viernes, el índice de deseabilidad de nuestro Chardonnay favorito aumenta drásticamente hasta romper el cielo. Es un secreto a voces. La sed de vino vuelve inevitablemente todos los viernes para desvanecerse como neblina matutina el domingo por la noche.


Lo mismo pasa con nuestra necesidad de sol y de calor. Este deseo es a geometría variable. Incluso el adepto más ardiente del verano encontrará una manera de quejarse de la humedad y de las canículas de julio rezongando: "el año que viene, me compro un aire acondicionado, ching&!*$". Paradójicamente, el gruñón estival también será el primero en irse de vacaciones de invierno "al sur" para escaparse de los tempestades de enero porque siente la necesidad de asarse la cáscara como una rebanada de tocino acostadito en una tumbona. En invierno, queremos el calor más que cualquier otra cosa, la quemadura de sol que viene con él y el olor a coco sintético de la Hawaiian Tropic que se pega a nuestra piel. No tenemos ningún problema en hacer perder una semana de clases a nuestros hijos para satisfacer nuestra propia necesidad de relajarnos en una playa llena de personas con trajes de baño demasiado pequeños que beben mojitos todo el día, aunque racionalmente, en septiembre, juzgábamos quienquiera que hubiera actuado de tal manera, "¡Es difícil borrar el atraso después de una semana sin escuela!" En otoño, así es. En invierno, menos. Porque nuestra rectitud es maleable y se adapta automáticamente a la deseabilidad que tenemos para algo. Por lo tanto, lo que parece fuera de lugar se vuelve mucho menos discutible cuando la locura es nuestra y no la del prójimo. Tenemos convicciones flexibles a nuestra conveniencia.


Por lo tanto, queremos llenarnos con chocolate cuando estamos en síndrome premenstrual o con pena de amor (los lamentos y la lluvia de lágrimas aumentan drásticamente el índice de deseabilidad de las trufas Lindor y de las Wunderbar), estamos muriéndonos de ganas por un dogo con catsup, queso amarillo y tocino exactamente cuando hacemos una dieta que excluye la comida chatarra (la privación aumenta los recuerdos de salchichas a la parrilla y de la deliciosa grasa de tocino, ¡es obvio!), queremos irnos de vagos en roadtrip tan pronto como los primeros azafranes salgan de la nieve, comprarnos ropa interior nueva cuando tenemos un galán en la mente (de repente, nuestro apego a nuestros viejos chones llenos de hoyos se desvanece y queremos nuevos), cocinar un croquembouche después de haber visto un episodio de Masterchef Australia, empezar a boxear después de haber visto a Simon Kean pelear... y descubierto que era guapo al mas no poder.


Sin todas estas variaciones en nuestra escala de deseabilidad, seríamos banales robots, pobres androides sin entusiasmo. A menudo, canalizar su deseo a algo específico es más satisfactorio en sí mismo que cumplirlo. Una vez que se satisface el deseo, el círculo vuelve a comenzar ad vitam aeternam. El camino es a menudo más interesante que el destino.


El ser humano, en todo su esplendor, no está hecho para estar satisfecho. Por el contrario, él siempre quiere más, siempre quiere mejor. Por encima de todo, él quiere vivir en todos los sentidos de la palabra. "Vivo por mi deseo de vivir", escribió Cervantes, ilustrando esta realidad. Nada es más veraz. El deseo es la base de la vida, nada menos. Si el oxígeno está alimentando nuestro cuerpo, el deseo es el combustible de nuestra alma. Así que debemos hacer todo lo posible para evitar la avería y, por lo tanto, hacer oscilar la aguja de nuestra deseabilidad en cada oportunidad válida o no.



#ABRIL19L1

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